Francesc Cañas
Altrament conegut com a Kiko, Ciscu, Fran, i incomptables sobrenoms entre els quals mitja cerilla...
Es dedica a fer veure que és ambientòleg i mentrestant va cuinant i fent blogs, i a la que pot, jugant a jocs de taula friquis.
També escriu, així, com qui no val la cosa...

Queralt Armengol. Li agrada posar-se de cap per avall penjant d'un trapezi.
I quan li puja la sang al cap té idees...
Per vocació i per professió fa dibuixets, i per hobby juga amb gatets o qualsevol bestiola peluda que no sigui una araña.

dijous, 6 de març del 2014

Historias de Orlando

La tarde caía pegajosa con un manto de nubes bajas siguiendo el valle entre la frondosidad de los árboles después de la lluvia. Pero la humedad no alcanzaba a disipar el calor, al contrario, era como si lo espesara como la maizena en una beichamel aguada.
Los restos de agua goteaban entre la vegetación hasta encharcar el suelo arenoso o repiquetear de manera incongruente contra dos tejados de hojalata, creando notas disonantes en el silencio de la jungla después de una tormenta.

Las pequeñas cabañas a las que pertenecían estos tejados se encontraban en medio de la nada, rodeada de bosque lluvioso por kilómetros a la redonda, y hospedaban a dos viajeros que venían de alguna parte para ir a otra y se resguardaban de la noche que estaba por llegar. Cada una de ellas apenas albergaba espacio para la carpa y la mochila, pero entre las dos se alzaba un cobertizo de paja para proteger lo que se podría llamar cocina, donde una pequeña fogata de leña mojada levantaba una columna de humo digna de un incendio descontrolado pero que no asustaba a los zancudos voraces que festejaban la llegada de intrusos con un festín de su sangre.
En las pocas llamas que luchaban entre la humareda, un sartén viejo y medio oxidado reposaba con semillas de macambo en aceite y sal, crepitando con el calor. Y a su lado, un cuenco de latón en no mejores condiciones que el sartén, con un alquitrán de café rehervido por tercera vez. Condimento perfecto para acompañar el plátano sancochado y el pescado salado, con harina de yuca tostada. Todo bien mojado con un ají preparado por el mismísimo diablo de tan picante.
Era el momento y con el menú perfecto para contar historias. Y sabe dios que a Orlando le encanta contar historias.

"Estábamos haciendo competiciones a ver quién subía más deprisa por las grúas sólo a fuerza de brazos. En esa época yo estaba recontrafuerte, cuando iva a la playa siempre me iva con tres o cuatro chicas, olvídate! Así que subí bien deprisa, eran las horas muertas y no tenia que pasar a comprovar el rumbo hasta detro de 2 horas, y el mar estaba quietecito como un charco, bien plano y el cielo sin una sola nube. Habia hobres jugando a cartas, otros viendo tele y a los que  les tocaba guardia, andaban rabiosos cumpliendo su horario. Y unos cuantos estábamos en eso de las, como se llama... competiciones, y yo subí bien deprisa, sólo a fuerza de brazos. Y una vez arriba veo el mar recontraplano pero me fijo en la estela que va dejando el barco. Y veo que hay algo raro porqué andábamos el línea recta pero el dibujo que dejábamos era en eses, haciendo zig zag. Y me digo, miercoles! eso no es nada normal... Así que bajo y le digo al contramaestre: "Oye, ven a ver eso, no es normal". Y él: "Tienes razón Orlando, algo va mal. Tiene que ser cosa de la carga".
Y ya sabes que los barcos tienen sus cámaras de flotación. Esa era más grande que la cabaña, era como de tres metros de alto por tres de ancho. Así que vamos a ver la cámara y abrimos la puerta... Llena de agua! Terrible, olvídate! Estaba completamente inundada, por eso el barco zozobraba. Y yo, como sé bucear, me metí el traje con la bombona de oxígeno y pa dentro. En la cámara hay como cuatro, como se llaman...,desagües. Imagínate que estaban los cuatro obstruidos con madera. Sacarlos fue recontradifícil, estaba bien oscuro y era muy estrecho. Pero al fin los saqué todos y el agua salió. 
Dos horas más tarde llegó la peor tormenta que he vivido en la vida, terrible! Las olas llegaban a los 20 metros y el barco parecía diminuto. Subíamos por un lado y caíamos por el otro que casi nos hundíamos al chocar contra el agua y volvía a salir. El marinero más viejo que se las daba de lobo de mar, de vuelta de todo "yo ya lo he vivido todo" y eso, lo tenía de rodillas en frente llorando "Orlando, no quiero morir!" y yo plas! plas! le pegué un par de guantazos. "Vuelve a tu sitio, muévete". Y así pasamos como cuatro horas, olvídate, terrible. Pero pasó.
Pero imagina si no llego a ver la estela del barco y no nos damos cuenta del sabotaje... De esa no salimos! Y es que el patrón era muy mala gente, quería cobrar el seguro y nos mandó a la muerte. Fíjate que nos cambiaron de barco poco antes de la salida, teníamos que ir en otro!"

Tan enfrascados habían estado en la historia que apenas se dieron cuenta del paso de dos chiquillas a pocos metros de distancia, que saludaron con jovialidad y desaparecieron entre la maleza cerca del río. Ahora, al llegar al desenlace y tomarse un respiro, se dieron cuenta de lo raro de la situación, pues las muchachas no tenían por donde haber venido ni adonde ir. Revisaron extrañados la orilla del río pero no encontraron marca alguna de huellas y no era suficientemente caudaloso para llegar en canoa. Sin darle más vueltas al asunto se fueron a dormir ya que la noche los había encontrado hace rato entre proezas marina.
De pronto, a Orlando le despertó un suave beso en los labios, liviano como un suspiro. Al abrir los ojos medio dormido, ni siquiera se extrañó de tener a una de las chicas, la que vestía camiseta azul y falda larga, encima completamente desnuda. Empezaron a acariciarse apasionadamente e hicieron el amor con ternura y la complicidad de dos amantes que se conocen todos los secretos. Se tumbaron uno al lado del otro exhaustos y pasaron las horas. Al tiempo, ella le pidió un baso de agua y Orlando se levantó dándole un beso en la frente antes de salir de la cabaña. Fue en este momento cuando se rompió la ensoñación y llegaron las preguntas. ¿Cómo diablos había llegado la chica allí? ¿De dónde salía? ¿Quién era? Se paró a medio camino de la cocina dubitativo. Regresó unos pasos pero dio media vuelta de nuevo. Al final alcanzó a llenar un baso de agua y entró de nuevo a la cabaña dispuesto a resolver el misterio. Ahora si se sorprendió de verdad al encontrar la cama vacía. Se preguntó si no había sido todo un sueño pero el aroma de la chica perduraba en el aire, el olor de su sexo en sus manos y los señales inequívocos del romance por toda la pieza. Para no volverse loco fue a despertar a Isi, su amigo y acompañante, para que fuera testigo de las evidencias. "Es obvio que has estado con una mujer Orlando". Confirmó él sin sombra de duda. 
Rebuscaron como locos por los alrededores pero no encontraron ni la sombra de un rastro. Los espíritus de la selva son siempre caprichosos.   





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